Por las que fueron juzgadas. Por las que aún lo son. Por todas las mujeres que han decidido habitar el mundo desde la libertad, aunque esa libertad haya tenido siempre un precio.
Durante siglos, la palabra bruja fue utilizada para nombrar
a quienes desafiaban el orden establecido: mujeres sabias, curanderas,
parteras, artistas, pensadoras o simplemente mujeres que se negaban a aceptar
el papel que otros habían escrito para ellas. La antropología nos recuerda que
la figura de la bruja aparece, en casi todas las culturas, como un espejo de
los miedos colectivos y de los mecanismos de control social. Allí donde una
mujer era autónoma, conocía los secretos de la naturaleza o ejercía su propia
voluntad, surgía la sospecha.
Esta exposición reivindica precisamente esa palabra. La
rescata de la condena para convertirla en un símbolo de conocimiento, de
intuición y de resistencia.
Está dedicada a todas las mujeres que trabajan por los suyos
sin renunciar a sí mismas; a quienes rechazan vivir sometidas a prejuicios,
estereotipos o cánones de belleza siempre cambiantes; a quienes se contemplan,
se aceptan y se disfrutan desde la autenticidad. A las que encuentran en la
cultura, el arte, la filosofía, la sensibilidad y la sensualidad formas de
conocimiento tan válidas como la razón. Porque, como intuía María Zambrano,
existe una razón poética capaz de comprender aquello que no puede reducirse a
conceptos.
Las obras que componen esta muestra no representan
únicamente mujeres: representan miradas que se niegan a ser domesticadas. Cada
pintura es una afirmación de la identidad frente a la uniformidad, de la
diferencia frente al miedo y de la belleza entendida como una experiencia
profundamente libre. En ellas resuena también la idea de Simone de Beauvoir de
que la libertad no es un estado alcanzado, sino una conquista permanente, y
dialogan con la tradición artística de creadoras como Frida Kahlo, Leonora Carrington
o Remedios Varo, quienes hicieron de la imaginación un territorio de
emancipación.
Creer en la magia no significa renunciar a la razón.
Significa reconocer que la vida está hecha también de intuición, de memoria, de
símbolos, de vínculos y de misterio. Como señaló Carl Gustav Jung, los símbolos
contienen verdades que escapan al lenguaje literal; y la figura de la bruja
sigue siendo uno de los grandes arquetipos de la transformación.
Esta exposición está dedicada a las mujeres de hoy y a las
de ayer; a las silenciadas, a las estigmatizadas, a las invisibles y a las
indomables. A todas aquellas que eligieron ser fieles a sí mismas antes que
responder a las expectativas ajenas.
Que estas pinturas sean un homenaje a su memoria y, al mismo
tiempo, una invitación. Porque quizá el mundo necesite menos miedo hacia las
brujas y más mujeres capaces de mirar, crear, pensar y vivir con plena
libertad.






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